César Medina
lobarnechea1@hotmail.com
Luis Abinader ha cometido el grave error
de exhibir el más bajo de los instintos que pueda tener una persona común, que
jamás un político que aspira a ser Presidente de la República: proclividad a la
intolerancia, a la agresividad, a la descalificación, al insulto soez y
desproporcionado...
... Ya podría cualquiera imaginarse de
lo que sería capaz una persona de su naturaleza detentando el poder que le
sugiere la Presidencia de la República, convertido en “primero entre sus
iguales” en un país como este donde el Presidente es un semidiós que todo lo
puede.
Quienes lo conocen desde muchacho saben
que ha sido siempre elitista y creído, un hijo de papi y mami carente de
talento y humildad pero excedido de soberbia y con la petulancia propia del
cretino clasista que se siente por encima del bien y del mal.
Ha sido esa su conducta desde los
primeros años de estudiante en el colegio Loyola, donde burlaba con inusitada
frecuencia la regia disciplina jesuita y sobresalía siempre no precisamente
como el buen estudiante que nunca fue sino como el más dispuesto a las
bellaquerías estudiantiles.
Esa actitud díscola se le puede tolerar
en su vida privada, entre sus súcubos y subalternos, en su cerrado círculo de
amigos... Jamás en la vida pública con categoría política donde tiene que estar
sometido al escrutinio de la prensa porque aspira a ser Presidente de la
República.
La
ignorancia, peor...
El gran ignorante que es Abinader quedó expuesto en su afirmación para
degradarme, para descalificarme, para reducirme: un vago que no trabaja,
vendido al gobierno y que gana más que el Presidente Obama... Tres mentiras más
grandes que la Catedral.
Decir que mi “sueldo” de embajador es
superior al del Presidente Obama me hace sentir importante, ya quisiera yo.
Pero es obvio que Abinader no conoce ni mínimamente la estructura diplomática
del servicio exterior ni la escala salarial que rige en la Cancillería para los
embajadores.
Y como no sabe eso, dice el primer
disparate que le llega a la cabeza. Él ignora que las embajadas reciben una
dotación para cubrir los gastos administrativos, empleados auxiliares,
servicio, choferes, energía eléctrica, agua, teléfono, renta de local. En
Panamá apenas alcanza para llegar al final de cada mes.
Ser embajador, en mi caso, constituye
una carga onerosa desde el punto de vista financiero... Porque donde llego, las
cosas cambian para bien... Lo tolero financieramente porque vivo modestamente:
sin vicios, sin juego, sin tabaco, sin alcohol, sin amantes furtivas. ¡Una vida
muy aburrida!
... Pero la ignorancia es como la
miseria, dice la gente común: tiene cara de hereje.
¿Dónde
ha trabajado...?
Trabajo desde los 15 años y como periodista llevo 47 sin tregua, treinta de los
cuales he madrugado para trabajar desde antes de salir el sol... Es un trabajo
público que conoce todo el mundo.
¿Y Abinader, dónde ha trabajado? Que se
conozca, fue alguna vez a Puerto Plata a administrar un hotel de su familia que
dos años después quebró.
Pero en su condición de niño rico --con
una familia que tiene una fortuna incuantificable en dólares, según él mismo
revelara en una entrevista con Jorge Ramos, de Univisión--, jamás ha bajado el
lomo... Ni falta que le hace.
Tal vez por eso trata con tanto
desprecio a los pobres de los barrios y en sus actividades políticas se
desinfecta con alcohol cada cinco minutos...

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